martes, 15 de noviembre de 2016

LA ILUSTRACIÓN ciencia y cultura ilustradas en el siglo XVIII español.






Utilidad, cosmopolitismo y bienestar común eran los pilares que sostenían la promesa de reformas que trajeron los Borbones. La nueva dinastía y una emergente clase social procedente de la pequeña nobleza se plantearon retos relacionados con la gestión de las grandes urbes, la prevención y cura de enfermedades, la educación popular, la apertura de comunicaciones, la dinamización de la economía y la búsqueda de nuevas fuentes de riqueza, incluyendo el aprovechamiento de los recursos energéticos o la utilización de fuerzas como el vapor y la electricidad. La militarización y el utilitarismo caracterizaron los años de la Ilustración.


El Palacio Real de Madrid, símbolo de la nueva dinastía Borbón, construido sobre los restos del antiguo alcazar de los reyes de la casa de Absburgo, incendiado en la nochebuena de 1734. De estilo barroco clasicista, anunciaba un nuevo estilo y una nueva forma renovadora de hacer política, influenciada por los vientos de cambio que desde Europa traían las ideas ilustradas.

A finales del siglo XVIII sobrevivía la idea, de tono heroico, de que el ilustrado tras tirarse a la campiña, sin ambición ni deseos, sin envidias ni envidioso, podía complacerse mientras aquilataba conocimiento foráneos en beneficio propio, de toda su posteridad y de la comarca afortunada a quien hubiera tocado la suerte de adoptarlo. Con ánimo resignado y apocalíptico, se admitía que los conocimientos venían de Europa siguiendo la misma ruta que las máquinas, ya fuesen curiosas ya fuesen útiles. Pero la visión es parcial. Evidentemente, España se nutría de las aportaciones extranjeras, pero la adaptación de las técnicas a un nuevo medio exigía una labor adicional, pues ningún conocimiento se traslada de ubicación sin alterarse o tener alguna repercusión social.

Al iniciarse el Setecientos, España no contaba con una clase comerciante dispuesta a financiar y estimular la Ciencia como, por ejemplo, sucedía en Inglaterra o Francia. Para emularlas, como era el sueño que alimentaron algunos de nuestros novatores, se requería un esfuerzo gigantesco. Ponerse al día significaba crear un cuerpo más o menos estable para la recepción de los saberes modernos , capaz de transmitirlos entre las instituciones docentes e integrarlos en la producción fabril, tanto en la práctica institucional (hospitalaria, universitaria, municipal o náutica) como en la industrial (manifacturas y oficios). Y queda por último el punto más relevante: los ilustrados españoles tenían que ganar crádito y aparecer como un instrumento insustituible si el objetivo era la felicidad pública y el progreso de la Monarquía. Porque, a fin de cuentas, ¿qué esperanza había para una fábrica de relojes si la población pensaba que un reloj era la cosa más superflua del mundo, o cómo podría un científico ser considerado útil sin el necesario respaldo social?.


Prensa Hidráulica. Grabado de Bartolomé Suera de 1798.

Fueron los militares y marinos de que, durante la mayor parte del siglo XVIII español, se hicieron cargo de este proyecto. Ingenieros, médicos, cartógrafos y cosmógrafos, consiguieron  que las grandes ciudades españolas conocieran una efervescencia directamente relacionada con el desarrollo de dichas actividades profesionales, así como la práctica de tareas más propagandísticas o divulgadoras. de este proceso resultó no sólo la transformación de esas mismas ciudades  -madrid, Barcelona, Cádez, Sevilla, San Sebastián, Málaga-, sino también la preparación de sus habitantes para asimilar un torbellino de conocimientos y de actividades favorables al desarrollo de cualquier empresa científico-técnica.

Fue una etapa de la historia científica española llena de contradicciones, disputas y desacuerdos, pero apasionante. El tránsito se caracterizó por la aparición de un nuevo actor social y un nuevo tipo de instituciones que se caracterizó por la aparición de un nuevo actor social y un nuevo tipo de instituciones que intentaron rescatar el ideal de un conocimiento sensible a las necesidades del país y que estaba conectado con los saberes en boga en París y Londres. Así pues, utilidad, cosmopolitismo y bienestar común eran los pilares que sostenían la promesa de reformas que trajo la nueva dinastía Borbón.

LA CIENCIA ILUSTRADA COMO EMPRESA

Nada más comenzar el siglo sólo había dos cuerpos que pudieran canalizar la nueva Ciencia: el Ejercito y la Compañía de Jesús. Al mismo tiempo empezó a surgir un nuevo grupo social que, proveniente de la pequeña nobleza, principalmente letrados y juristas, vio la urgente necesidad de promover actividades menos aristocráticas en ciudades como Sevilla, Valencia, Madrid y Barcelona, planteándose problemas que la cultura del Barroco heredada no había sabido abordar adecuadamente. Eran retos relacionados con la gestión de las grandes urbes, con la prevención de enfermedades y su curación, con la educación popular, la apertura de comunicaciones o la dinamización de la economía, y , desde luego, con la búsqueda de nuevas fuentes de riqueza, incluyendo el aprovechamiento de los recursos energéticos o la utilización de fuerzas como el vapor y la electricidad.

La simbiosis entre los intereses de esta clase emergente y la nueva dinastía se pueso de manifiesto cuando Felipe V, apenas llegado al reino, decidió convertir una tertulia erudita de provincias en Real Sociedad de Medicina y otras Ciencias de Sevilla (1700).
Este gesto, seguido de la fundación de las academias de Ingenieros Militares de Barcelona (c.1715) y de Guardiamarinas de Cádiz (1717) y el Real Seminario de Nobles de Madrid (1726), resume el impulso que la Corona deseaba dar a la educación de sus súbditos , con lo que se iniciaba la sustitución de la alcurnia por el talento como vía de ascenso social.

El proceso se vio muy influido por el hecho de que el nuevo monarca vino acompañado por una cohorte de científicos y técnicos (médicos y cirujanos, pero también relojeros o arquitectos), cuya función consistió en aportar nuevos saberes mientras sostenía un sinfín de polémicas que contribuyeron a introducir el lenguaje moderno, lo que forzó la cohesión del grupo proclive a las reformas y un ambiente de expectación respecto de la Ciencia moderna. Se inició así la senda de la asimilación y desarrollo de distintos saberes a partir de un doble modelo: instituciones pequeñas, compuestas por esa incipiente élite letrada, pero también por militares y nobles, agrupados en centros académicos al servicio de la Corona, -como, por ejemplo, la Academia Médico Matritense y la Real Académia de la Historia- y, alternativamente, instituciones docentes de carácter militar, en donde se cultivaron materia eminentemente prácticas (fortificación, dibujo, matemáticas, artillería, náutica, cosmografía, uso de instrumentos y construcción naval). Durante esta primera estapa de tanteo el principal logro no traspasó la frontera del aggiornamento de nuestra cultura científica, si bien los problemas crecían conforme aumentaba la conciencia deñ empobrecimiento generalizado de la población y del descrédito militar de España como potencia imperial.

Durante las dos décadas siguientes y hasta finales de los años 40 surgieron algunos centros para asegurar una difusión más estable para las nuevas ideas, y algunas personas (José Cerví y benito Feijoo, por ejemplo) lograron tanta influencia y eficacia para sus propuestas que cabe considerarlas como instituciones de la vida cultural y científica española. Comenzó a manifestarse la doble urgencia de, por un lado, promover una divulgación que intentase captar lealtades hacia la nueva Monarquía y, de otro, imponer políticas de centralización de las instituciones que ayudasen a combatir la tradicional transmisión gremial de prácticas profesionales.

La principal demanda de técnicos cualificados procedía de la Armada, que, en consonancia con los planes reformistas, reorganizó o creó arsenales, los hospitales departamentales o de campaña y promovió la formación de oficiales, cirujanos y pilotos. Pero fue entre 1748 y 1767 cuando, gracias al impulso inicial de Ensenada y a gran diversidad de funciones asignadas al Ejercito y la Armada, se consolidó el proceso de militarización de la Ciencia Española. Desde el punto de vista institucional, las novedades más importantes fueron los Colegios e Cirugía de Cádiz (1748) y Barcelona (1760), el Observatorio de Marina de Cádiz (1753), la Asamblea Amistoso-Literaria de Cádiz (1755), la Real Sociedad Militar de Madrid (1757), el Colegio de Artillería de Segovia (1762) y las academias de Guardias de Corps de madrid (1750), Artillería de Barcelona (1750) y de Ingenieros de Cádiz (1750).



Real Jardín Botánico de Madrid creado en 1755 y ubicado en El Prado a partir de 1785 por obra de Juan de Villanueva.

Y no sólo los militares se interesaron por la Ciencia, como demuestra la aparición en 1752 de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, una iniciativa que, junto con el Real Jardín Botánico (1765), compendió todo el discurso ilustrado sobre los vínculos entre sabiduría, buen gusto, naturaleza y utilidad. Paralelamente, comenzó un proceso de popularización de una cultura trufada de términos científicos que se transmitía a través de noticias de prensa o libros divulgativos y en las tertulias de salón o rebotica.

El periodismo científico dio sus primeros pasos en 1736, con las  Memorias eruditas para la crítica de Artes y Ciencias, de Juan Martínez Salafranca, de la Real Capilla de San Isidro de Madrid, o de traducción de Mañer del Diario de La Haya y la de José de la Torre de las Memoires de Trevoux. Hacia el ecuador del siglo, el papel periódico ya cobró importancia como instrumento de difusión y fueron varios los periódicos que se empeñaron en una información actualizada, como en el caso de los Discursos mercuriales político-económicos (1752-56) de Graef, el Diariophísico-médico-chirúrgico (1757)de Juan Galisteo y Xiorro, o el Diario noticioso, curioso-erudito y comercial, público y económico (1757) de Juan Galisteo y Xiorro, o el Diario notocioso, curioso-erudito y comercial, público y económico (1758) de Francisco Mariano Nipho. Y lo cierto es que su audiencia crecía, aun cuando hablemos de empresas de poca estabilidad.

Hacia el último tercio del siglo, además del tremendo esfuerzo realizado en el sector educativo (y no sólo universitario), se dieron las condiciones para la puesta en marcha de múltiples proyectos que lograron trabar con eficacia las iniciativas civiles y militares, lo que creó una esperanzadora red de conexiones. Ningún ejemplo es más evidente que el ambicioso programa de expediciones científicas que, además de responder al interés de los botánicos en la flota americana o en la mejora de la farmacopea tradicional, también satisfizo la necesidad de la Mariana de explorar las maderas coloniales en la construcción naval, o de las manifacturas reales en las plantas tintóreas o industriales. Y todo ello mientras se experimentaban nuevos recursos técnicos -como relojes de longitud- que dieron seguridad y rapidez a los viajes transoceánicos. Como dice David Landes, "a finales del siglo XVIII la Ciencia entre en una fase de desarrollo empresarial, cuya más cumplida expresión fue un nuevo vehículo de experimentación e investigación: la expedición", esto es, un instrumento muy empleado por los militares desde tiempo atrás.

Pero hubo otros casos muy notables de interconexión como, por ejemplo, el que  se estableció entre las sociedades patrióticas, destinadas a identificar los problemas específicos de cada provincia y comprometer a la nobleza provinciana y al clero rural en un triple programa de reforma educativa, agraria y técnica -en el mejor espíritu del Ensayo sobre la educación popular (1775) de Campomanes-, y los intereses de la Corona y la miliacia en la activación de los cultivos industriales y el desarrollo de las manufacturas.

Buena muestra de esta interdependencia fue el apoyo que, desde distintas instituciones, se prestó a la Química, Minerología y Metalurgica. Todos los ministerios financiaron la creación de cátedras y laboratorios de Química, como la Secretaría de Marina, que auspició las cátedras dundadas en el Seminario Patriótico de Vergara a partir de 1776, y la Guerra, promotora en 1784 en la Academia de Artillería de Segovia de un espléndido laboratorio, que no inició sus actividades hasta 1792.

la real Escuela de Minerología de las Indias (1789), fundada por la Secretaría de Indias, la Cátedra de Química Aplicada a las Artes (1787), dependiente de Hacienda, y el Laboratorio de Química del Jardín Botáncio (1788), financiado por la Secretaría de Estado, completaron, junto con las cátedras establecidas en la Universidad de Valencia (1786) y  en el Colegio de Cirugía de Cádiz (1789), el primer plantel de instituciones que atendieron las urgencias tanto de formación de técnicos como de reforma o control de calidad de las manifacturas. Por ellas pasaron algunas de las más destacadas personalidades científicas de nuestro Setecientos, como L. Proust, D. García Fernández, F. Chavaneau, M. de Aréjula, A. Thun-borg o los hermanos Elhuyar.

LA CIENCIA COMO EXPERIMENTO

A lo largo del siglo XVIII todas estas instituciones tuvieron su actividad dominada por las urgencias del momento. En primer lugar, las ciudades no estaban preparadas para asimilar la población flotante menesterosa y enfermiza y fue prioritario sanear las urbes. En segundo término, era preciso mantener el imperio y resistir la competencia comercial sustituyendo sus mercaderías por las fabricadas en manufacturas nacionales. Por último, era perentorio incrementar la producción agraria y aumentar la demanda abriendo adecuadas vías mejorando la oferta por la introducción de abonos, maquinaria moderna o distintos cultivos. No era pequeña la tarea en este triple programa de reformas urbanístico, colonial y agrario.


Soldados de infantería del ejercito regular español en la primera mitad del siglo XVIII. La milicia nacional era vital para la defensa del Imperio ultramarino y territorios peninsulares.

El panorama era desolador: el 85 por ciento de los niños en hospicios moría por falta de higiene y atención. La decadencia era tan profunda que en las manufacturas de cierta tradición faltaba mano de obra cualificada. La agricultura carecía de mercado interior; las carreteras estaban vacías.  




La extensa red radial de caminos reales trazados con origen en la capital del reino en el centro de la península enlazando las principales ciudades de la periferia costera y sus puertos, contribuirá a lo largo del siglo XVIII a mejorar la comunicaciones y el tráfico de mercancías, desarrollándose un importante esfuerzo ingenieril en su trazado y construcción.

La apertura de las vías a Reinos y a Valencia, el puerto de Guadarrama o el Canal de Castilla, tuvieron un efecto multiplicador de la demanda que influyó en la planificación de estrategias intensivas de cultivo. Las poblaciones creadas en Sierra Morena ayudaron a establecer una red de comunicación activa.



Proyecto del Hospital General de San Carlos, obra de Francisco Sabatini en Madrid en tiempos de Carlos III, actual Centro de Arte Reina Sofía, pretendió dotar a la capital de espacios para el cuidado de la salud acordes con las necesidades de la población.


El desarrollo de las manufacturas textiles y la necesidad de crear tinturas competitivas, propició nuevos cultivos a beneficio de las colonias, donde en la práctica, sólo llegaban mercancías no producidas en España.



Telar de madera de los existentes en las industria textiles de mediados del siglo XVIII.

Las reformas requerían de dinero que no dependía de algo parecido a un presupuesto de la Monarquía. La mayor parte del gasto -entre dos tercios y tres cuartos- estaba destinado a los ministerios de Guerra y de Marina.
A la Marina correspondía la tarea de combatir el contrabando y defender el intercambio de bienes con las colonias, lo que hizo imprescindible reforzar la flota.
Al ejercito le pertenecían tareas relacionadas con la política exterior, entre ellas el espionaje y la diplomacia, la dirección de obras públicas, etc.
Milicia y Armada disponían del dinero, los conocimientos y la infraestructura pudiendo orientar la demanda e influir sobre las fábricas, dándose lugar a una simbiosis entre intereses productivos y militares.




Buque Santísima Trinidad,  fue el navío más grande de su época por el cual recibía el apodo de "El Escorial de los mares" y era uno de los pocos navíos de línea de cuatro puentes que existieron. Máximo exponente del reforzamiento naval abordado por Ensenada desde mediados del siglo XVIII. Botado en marzo de 1769, se construyó en los astilleros del arsenal naval de La Habana (Cuba) por entonces bajo soberanía española.

La siderurgia española se enfrento con el problema de la deforestación. A partir de 1777 comenzaron a realizarse estudios sobre la posibilidad de explotar minas asturianas de carbón. Los ingleses estaban usando carbón de hulla purificado -cok-, lo que les permitió resolver el problema y abaratar considerablemente los costes en sus fundiciones.
La nobleza asturiana promovía una nueva industria, la siderurgia vasca especulaba con un incremento de la producción y el Ejercito calculaba una notable reducción de sus gastos.



Agustín de Betancourt (1758-1824). Tras pasar por los Reales Estudios de San Isidro recibió comisiones en el canal de Aragón y en Almaén y en 1783 lanzó su globo aerostático en la Corte. Al año siguiente se trasladó a París con un grupo de ingenieros, delineantes y maquetistas para reducir plano y modelar los ingenios de la Revolución Industrial. Las 270 maquetas y 359 planos realizados fueron el fundamento del Real Gabinete de Máquinas (1797) y un precedente de la Escuela de Ingenieros de Caminos creada por él en 1802.
En 1788 fue a Londres a estudiar la máquina de vapor de Watt y fue el primero en revelar a Europa el secreto de esta nueva fuente de energía. Desde entonces su fama no dejó de crecer. Fue constructor de telégrafo óptico Madrid-Aranjuez y en el año 1800 de la línea Madrid-Cádiz. Su obra más importante, escrita junto a Lanz, el "Essai sur la composition des maquines" (1808), fue empleada en la École Polytech-nique. En el año 1808 emigró a Rusia, en donde llegó a ser teniente general y director del cuerpo y escuela de ingenieros. Los proyectos que allí realizó le valieron el mayor reconocimiento internacional.

Agustín de Betancourt en 1785 remitió su Memoria sobre la purificación del carbon y modo de aprovechar los materiales que contiene. Para purificar el carbón era preciso un horno, y fueron los problemas relativos a la construcción de ese horno ya fuera por inoperancia de artesanos, inadecuación de materiales o el desconocimiento de las técnicas en la materia, lo que retrasó las investigaciones. El fracaso fue relativo ya que permitió acumular un caudal de conocimientos que sería más tarde utilizado para el alumbrado de las ciudades. 




Horno propuesto por Betancourt para obtener "cok" a partir del carbón, 1785.

Pero la Armada se traía entre manos la construcción de los arsenales que modernizase la construcción de buques en Cartagena, Ferrol y Cádiz. Los técnicos necesarios fueron contratados en Londres por Jorge Juan, y en 1770 se estableció el Cuerpo de Ingenieros de la Marina, responsables de la construcción de la nueva flota. El arsenal de Cartagena, que en el Mediterráneo no tiene mareas, originó problemas para desaguar los diques de carenado, lo que hizo preciso usar una bomba de vapor según el modelo de James Watt en 1773, que tuvo el mérito de haber sido probablemente la primera que se usó en un arsenal naval europeo.



Arsenal de la Armada en Cartagena, según gravado de su estado en 1782.
En él se aplicaron las nuevas técnicas de construcción naval y procedimientos y conocimientos en la formación de técnicos y oficiales.

El fortalecimiento del poderío militar de la Monarquía condujo a la Marina a tejer una red de actividades de carácter científico y técnico que comprendía desde la Química, pasando por la Astronomía, la relojería, la construcción naval, la ingeniería hidráulica, la Botánica o la minería y la industria. Junto con los ingenieros del Ejército, recorrieron la práctica totalidad del espectro institucional científico y técnico español.





Diseño de una fragata, de las muchas que se construirían en los nuevos arsenales de La Armada según los nuevos procedimientos y diseños traídos por técnicos contratados en otros países como Gran Bretaña, Francia u Holanda.

Dejando a un lado la genialidad o mediocridad de los logros mecánicos, el esfuerzo para propiciar una dinámica de desarrollo científico sostenido se había articulado sobre dos estrategias fundamentales: de una parte, favorecer los intercambios con el exterior, ya fuera por las vías de la pensión de estudios en el extranjero o de la comisión de espionaje industrial, ya fuese por las vías de la pensión de estudios en el extranjero o de la comisión de espionaje industrial, ya fuese mediante la contratación de técnicos extranjeros u otros medios.

La Ciencia y la técnica del siglo XVIII español se convirtió en un gran experimento sobre traslado de saberes que tuvo ramificaciones hacia América.




Palacio e Iglesia de la nueva población y fábricas de Nuevo Baztan, construidas a partir de 1709 por el industrial y banquero navarro Juan de Goyeneche, en los primeros años del reinado de Felipe V, para confeccionar uniformes, botones y correajes del ejercito. El conjunto fue obra de José de Churriguera, uno de los arquitectos representante del barroco español de principios del siglo XVIII.

Dentro de este traslado de saberes y producción, las fábricas se convirtieron en auténticas experiencias piloto en las que se comprobaba la eficiencia de los nuevos procedimientos. Funcionaron fundamentalmente como símbolos del progreso nacional, instrumentos de propaganda de la Corona.



Real Fábrica de Paños de San Fernando, fundada en 1746 bajo el patrocionio de La Corona, pretendía emular la experiencia de Goyeneche en Nuevo Baztán.


Se crearon algunos espacios de encuentro entre Ciencia y sus públicos como El Jardín Botánico y el Gabinete de Historia Natural, pero también, el Real Gabinete de Máquinas, que nació de los modelos y planos reunidos por Betancourt y un equipo de ingenieros, artesanos y delineantes desplazados a París con la intención de inventariar, dibujar y maquetar máquinas e innovaciones que sustentaban la Revolución Industrial. Carlos IV estuvo entre los visitantes más entusiastas del nuevo museo.



Máquina de vapor de Watt. Diseño de Betancourt 1788.


LA CIENCIA COMO CARRERA

Poner en marcha un ejército, un cuerpo de militares o marinos ingenieros (Jorge Juan, Betancourt), químicos, botánicos (Hortega, Quer) y médicos (Virgili). Supuso un notable esfuerzo , donde se vieron sometidos a la exigencia de la versatilidad de una formación intensiva y moderna.
El Ejército hizo habitual la práctica de enviar expertos a las cortes europeas en misiones secretas de espionaje industrial o para contratación de técnicos destinados a las manufacturas estratégicas o a la docencia en las nuevas instituciones creadas al efecto. Todo ello encaminado a la obtención de resultados puntuales e inmediatos.



Jorge Juan y Santacilia (1713-1773). Formando parte de los jesuitas, ingresó en la Academia de Guardiamarinas de Cádiz en 1729. Nombrado con Antonio de Ulloa miembro de la expedición científica hispano francesa al virreinato del Perú, estuvo en tierras americanas entre 1735 y 1744. Por sus Observaciones astronómicas y physicas... (1748), libro profundamente copernicano y abiertamente newtoniano, tuvo dificultades con la Inquisición. En 1749 fue comisionado a Londres en misión de espionaje. Después desl ascenso a capitan de navío se ocupó de la dirección de la Academia de Cádiz, ala que convirtió en un verdadero centro superior de estudios dotado con observatorio, biblioteca y profesorado acreditado. En 1766 fue nombrado embajador de Marruecos y, en 1770, director del Seminario de Nobles de Madrid, colegio expropiado a los jesuitas tras su extrañamiento. Su obra científica más importante fue el Examen marítimo (1771), un tratado de mecánica y dinámica de fluidos traducido al francés en 1783.

Las instituciones científicas vinculadas al aparato militar representaban una novedad esperanzadora fruto de muy difíciles equilibrios. La estructura académica dentro de una organización militar era necesaria, aunque también contradictoria y convirtió esos centros en escenarios de la pugna entre las noblezas de espada y de pluma.

El utilitarismo, también ejerció su influencia pues a comienzos del Setecientos era útil todo cuanto no fuera especulativo ni estuviese vinculado a la escolástica; hacía mediados del siglo XVIII, el énfasis fue desplazado al carácter experimental o no de las ciencias. El científico quedaba así asociado a una imagen de mucho éxito: la del patriota y proyectista.


Los marinos dieron con el perfil de hombre de Ciencia que querían promocionar, pues la Marina consiguió en torno al último cuarto de siglo que la formación de pilotos se ligase a un plan de estudios cargado de contenidos teóricos elevados, que favorecieron la instrucción técnica de una élite en un conjunto de destrezas y saberes que aportó el marco teórico desde el cual dichos ilustrados podían organizar las metáforas imprescindibles -relativas al rey, las colonias y a su progreso- para afrontar proyectos científicos de envergadura, sin las cuales difícilmente hubieran podido recabar los apoyos requeridos.

Dada la carencia de una academia general de ciencias que cumpliese la función de integrar el proyecto ilustrado español, tan diverso y exhaustivo como pretendía ser, fueron los militares, al igual que los médicos y los arquitectos, quienes constituyeron una pluralidad de organismos consultivos situados en el vértice de la pirámide administrativa y capaces de tomar deciones en materia científico-técnica.



Proyecto Inicial del Real Gabinete de Historia Natural, proyectado por Juan de Villanueva antes de 1785, y que estaba llamado a ser la "Academia General de Ciencias del Reino".

Un buen resumen de la evolución que sufrió el científico ilustrado la ofrece José Radón, encargado de los estudiantes del taller mecánico del Observatorio Astronómico de Madrid, en su Tratado de Matemáticas necesarias a los artífices para la perfecta construcción de instrumentos astronómicos y físicos  (1795). Una pequeña obra que pone de manifiesto características importantes en este proceso aparentemente caótico de transmisión y uso del conocimiento: la diferencia de rango entre científicos (calificados por Radón de "matemáticos profundos" y para los que se reclamaba dedicación exclusiva), los técnicos ("artífices" que sólo necesitaban un conocimiento parcial de la disciplina y del lenguaje específico) y, finalmente, los aficionados. Esta división bifurca el camino de la Ciencia entre la investigación, la técnica y la divulgación.

LA CIENCIA COMO CULTURA

A lo largo del siglo XVIII la divulgación de la Ciencia y la técnica en España encontró tantas barreras como posibilidades de expansión.
Como el resto de Europa, España se vio inmersa en un amplio esfuerzo de seducción de públicos para comprometerlos con la causa de los nuevos valores asociados con la cultura de la Ciencia (utilidad, veracidad, salubridad y publicidad, entre otros), tanto como con sus portavoces (los científicos y técnicos) y sus patrones (los nuevos funcionarios de la Corte).


Juan Antonio de Villanueva y de Montes (Madrid15 de septiembre de 1739 — id., 22 de agosto de 1811) fue un arquitecto español, máximo exponente de la arquitectura neoclásica en España.

Villanueva tuvo una intensa actividad arquitectónica en Madrid, ciudad a la que contribuyó a dar el nuevo aspecto de urbe moderna y monumental que deseaba Carlos III para su capital. Fue el arquitecto que, con su estilo personal no exento de influencias locales, mejor supo trasladar a España los postulados teóricos del neoclasicismo europeo.


Uno de los discursos que más impacto tuvo sobre la población y los viajeros que nos visitaron fue el urbanístico. Las ciudades más importantes sufrieron una profunda modificación que alteró definitivamente las costumbres, las mentalidades e incluso los atuendos de sus habitantes. Escuelas y centros de estudio, fábrica, pósitos y hospitales marcó una diferencia radical con el siglo anterior.



Proyecto del alcantarillado de Madrid por Juan de Arce en 1734.

Las canalizaciones del agua, la creación de pozos de agua potable, el esanche de calles, la ventilación e iluminación en los edificios y la disposición de los cementerios fuera de los límites urbanos; fueron empresas, que aspiraban a una ciudad higiénica, moral y arquitectónicamente bella. Cada fuente ornamental, cada paseo arbolado, cada calle empedrada, cada jardín público reflejaban y promovían no sólo un cambio en la urbe, sino también una nueva forma de habitarla. La estética a un ideario, y todo este ideario levantado en piedra supuso, como contrapartida, una exigencia de modernización a la población. A ésta se le pedía que asumiera los conocimientos adquiridos y la autoridad de quienes los sustentaban, y se le exigía que adoptase nueva formas de sociabilidad que incluyesen el paseo dominical, mayor funcionalidad en el vestir, la alfabetización de los hijos, un cierto afeminamiento en las costumbres, el consumo de cerámicas, vidrios o textiles nacionales, y también, ¡cómo no!, que ayudasen a la higiene pública barriendo las calles o adoptando nuevos usos funerarios.



El Paseo del Prado y los edificios de interés científico proyectados en su entorno, quiso ser el salón urbano representativos de los valores ilustrados promovidos por la monarquía en la capital del reino.



La población no siempre aceptó de buen grado las directrices. Sien embargo, los ilustrados españoles no dejaron  pasar ocasión alguna para demostrar, a través de sus edificios y avenidas, que la suya era la vía adecuada.
A finales del siglo XVIII, la capital del imperio tenía unos 175.000 habitantes que podían disfrutar de numerosas calles arboladas que marcaban los bordes urbanos y, sobre todo, del ensanche de Los Prados, una intervención que había destinado a equipamientos culturales la colina donde hoy se encuentra el Jardín Botánico, el Museo del Prado (inicialmente concebido para Academia de Ciencias) y el Observatorio Astronómico. Estos edificios científicos ennoblecían la capital y siguen siendo una seña inconfundible de su identidad.



Real Observatorio Astronómico de Madrid, obra de Juan de Villanueva, de estilo neoclásico. El neoclasicismo por su pureza de formas y funcionalidad sería el estilo por excelencia, que mejor reflejaría los ideales ilustrados.


Hemos querido desde la Asociación Cultural Amigos del Real Sitio de San Fernando, contribuir con este artículo sobre "Ciencia y Cultura Ilustradas" a la SEMANA DE LA CIENCIA que se celebra en estos días, recopilando información sobre la época ilustrada de las siguientes fuentes bibliográficas consultadas:

(1) H. Capel, J.E. Sanchez Ochoa, De Palas a Minerva. La formación científica y la estructura institucional de los ingenieros militares en el siglo XVIII. Ed. El Serbal/CSIC, Madrid, 1998.

(2) J. Fernández Pérez, I. González Tascón (EDS.), - Ciencia, técnica y Estado en la España Ilustrada, Zaragoza, 1990.

(3) A. Lafuente, Guía del Madrid científico. Ciencia y Corte. Doce Calles. Aranjuez, 1998.

(4)  M. Selles, J.L.Peset, A. Lafuente (eds.), Carlos III y la Ciencia de la Ilustración. Alianza ed. Madrid, 1988.


ANEXO DOCUMENTALES DE REFERENCIA:


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